Cuando comenzó la primera edición de Operación Triunfo, yo tenía la misma edad que la más joven de sus participantes – Natalia – y al igual que muchos de ellos se subían al escenario por primera vez, daba mis primeros pinitos como articulista y cronista en su página oficial. Ahora, los veo cantar juntos de nuevo 15 años después.

Por Rubén Dorado
@RubenDoradoDíaz

Mientras los espectadores de OT incrementaban semana tras semana, contándose por millones, mis escritos sobre las desventuras de los triunfitos en la “Academia de los sueños” recibían cada gala miles de visitas y cientos de comentarios.

Gracias a este programa conocí a algunas de las personas más importantes en mi vida a día de hoy y tuve el valor de dejarlo todo para convertirme en periodista y para que, pasase lo que pasase, no dejar nunca de escribir. Cuento esto para que pueda comprenderse con qué emoción asistí al concierto del Reencuentro de aquella primera generación del formato más exitoso de la historia de nuestra televisión: una emoción compartida por 18 000 personas que provocaron más de dos horas de cola para poder acceder al Palau Sant Jordi.

Quince años en la vida de una persona mundana dan para mucho: para reír, llorar, sentir, enamorarse, decepcionarse, ser afortunado y desafortunado, probablemente para tener unos cuantos trabajos y conocer los sinsabores de no tener ninguno también, para estudiar, para, en definitiva no dejar nunca de aprender porque en la Academia de la vida sólo te licencias cuando te envían al “otro barrio”. Ahora imagínense que todo lo anterior lo viven multiplicado por ochocientos y condensado en sólo unos meses, o tal vez en pocos años… y tendrás una aproximación de lo vivido por esas 16 personas a las que desde este momento y sin ánimo peyorativo alguno denominaré como triunfitos.

Conocer cómo vivieron sus días de gloria y como, en algunos casos, han lamido posteriormente la miel del fracaso y cómo han tenido que gestionar ambos acontecimientos, tan extremos y lidiarlos con sus vidas, fue el objetivo de los documentales que ofreció TVE, en los que los concursantes se desnudaron como antaño ante la audiencia sin temor de mostrar sus miserias – cómo algunos continúan “reventados” por su expulsión en el concurso o por el trato de favor hacia otros compañeros por parte de productora y discográfica quince años después – ni tampoco a los miserables que se aprovecharon de su ingenuidad y fama para sacar tajada de aquello y que no han dudado en despedazarlo cuándo eso jugaba a su favor – brillante el vídeo de Gisela que cierra el último documental y en el que explica sin tapujos también esa parte oscura que les rodeaba -, lo que ha vuelto a generar el interés de la audiencia.

El concierto suponía un ejercicio nostálgico para todos los asistentes, seguidores acérrimos del concurso, para los que también han pasado quince años y que hemos visto crecer a los triunfitos a la par que nuestras propias vidas también seguían su curso. Esto es lo que algunos cronistas no comprenden: la razón de ser de este espectáculo nunca fue ofrecer algo original, novedoso, creativo ni espectacular desde un punto de vista musical, sino transportarnos a otra época, invadirnos de recuerdos y compartir junto a sus propios protagonistas lo que puede definirse como un momento televisivo histórico. A estas alturas echarle las culpas a los concursantes de Operación Triunfo de que Miguel Ríos ya no sea un superventas sólo puede calificarse como un acto ridículo y que manifiesta una gran incultura musical, impropia de según qué medios.

LA OTRA CRÓNICA || Yo no estuve en “OT, el Reencuentro” ni tampoco lo vi (pincha y lee)

Estando allí importaba poco el hecho de que Rosa haya perdido potencia en su voz tras su operación de nódulos, que Bustamante no tuviese su mejor día al actuar poco después de haber estado hospitalizado por neumonía o que la visible emoción de Chenoa la hiciese cantar a medio gas. Incluso perdonamos el infame tracklist del concierto, en el que se alternaban escasisímas canciones de esa edición con los – aberrantes en muchos casos – primeros singles de la carrera de los triunfitos. Es cierto que un medley habría funcionado mejor para recordarlos – ¡nadie conocía el “Bésame” de Verónica! – y dedicar el resto del tiempo a escuchar las mejores actuaciones de aquellas lejanas galas porque se echaron en falta bastantes clásicos, pero como digo, a fin de cuentas lo bonito era estar ahí y formar parte de aquello.

La música era la excusa pero en realidad pasaba a un segundo plano y por eso, el siempre morboso público español, se dedicaba a observar la grada VIP durante la actuación de Gisela para comprobar cómo Paula Echevarría había elegido ese momento para ir al baño, o vivía con emoción ese “Escondidos” quince años después del que los medios sólo rescatan “la cobra que no fue tal” pero obvian la ingente cantidad de emociones registradas en ese instante, tanto por parte del dúo de cantantes como de los miles de espectadores que deseaban que aquello se sellase con un final feliz de película para poder volver a creer en el amor.

La gente se portó tan bien que incluso tras el tímido abucheo inicial a Juan Camus, motivado única y exclusivamente por el mareo al que nos sometió decidiendo ir y dejar de ir al concierto en varias ocasiones, los aplausos terminaron eclipsando a los pitos… y eso que se trataba de Juan Camus. Sin duda, eramos todos bellas y buenísimas personas. Según él asegura, su negociación sirvió para que Geno, Mireia – que, tras muchos años podría haber superado con éxito aquella gripe que según ella le costó el concurso – y Javián también cantasen en solitario y es de reconocer que eso nos brindó la posibilidad de ver su evolución y comprobar que realmente cantan mejor que hace quince años, aunque probablemente eso también eliminó otras actuaciones míticas que en la primera gira de Operación Triunfo sí estuvieron presentes. Cuestiones de timing.