sdfghjjLA CRÍTICA DEL DÍA DESPUÉS.
Daniel Sánchez Arévalo sigue subiendo peldaños en su carrera como explorador en el mundo del celuloide. Y en su mochila va acumulando además calificativos para sus películas que no son excluyentes ni mucho menos, sino que por el contrario se complementan perfectamente entre sí. La gran familia española es tan dramática como AzulOscuroCasiNegro, tan ácida como Gordos y tan divertida como Primos.
El valor añadido en esta ocasión si acaso es la ternura (vista sobre todo a través de los ojos de Benjamín, el hermano retrasado al que da vida de forma totalmente magistral Roberto Álamo). Por supuesto, hay también un componente esencial y presente en todas ellas: la sinceridad descarnada con la que los personajes de sus guiones hacen frente a las adversidades de su vida, que en esta última producción del director madrileño es más importante que nunca si cabe.
Y es que LGFE no versa sobre cinco hermanos y la relación que tienen entre ellos, sino que es un film que ahonda en los secretos: cada personaje guarda el suyo. El hilo conductor, por tanto, no es ni la boda ni el partido de fútbol: es la decisión libre de compartirlos o no con los demás y el momento en que hacerlo si lo estiman conveniente, valorando las posibles consecuencias que habrían tanto si los revelan como si los mantienen escondidos por siempre o, incluso, si esperan a que sea el tiempo el que los saque a la luz de manera irremediable.
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Una confesión va llevando a otra y, de manera natural, se monta un rompecabezas del que el espectador sólo es consciente al finalizar el metraje. Y es que, aunque para entender la historia en su globalidad es necesario como en todo abarcar varios años, en lo que realmente pretende centrarse la película es en lo que pasa sólo durante un sólo día. Pero claro, ¡qué día!: el día clave, ese en el que es necesario ganar sí o sí si quieres dejar atrás un pasado gafado, pesimista, derrotista y lleno de vergüenza, y de esta forma renacer demostrándole a todos y a todo que no hay obstáculo que no se supere si se tiene la confianza suficiente y el espíritu del ganador, que se puede cambiar el curso de la historia al fin y al cabo. Por eso la metáfora del fútbol es tan importante en este caso, porque refleja la realización completa que sentimos aquel 11 de julio al ser campeones del mundo y, sobre todo, el alivio de sentirse por fin liberado de una carga arrastrada durante eones.
Explicado así, puede parecer que darle prioridad tan sólo a un determinado momento va a provocar que la trama quede algo pobre y falta de contenido. Error: Sánchez Arévalo consigue solventar ese problema creando una trama diferente para cada hermano (y hasta para algún que otro personaje secundario), que terminan convergiendo en la global. En este sentido, la clave de su éxito radica precisamente en haberse sabido quedar a caballo entre una película coral o de protagonista absoluto. Además, la producción está muy cuidada, alternando escenas dinámicas y estáticas por igual. Las primeras sirven para mantenerte totalmente enganchado a la película, te obligan a mantener la atención para no perder nada: desde el excelente plano secuencia inicial hasta el “kit-kat” del videoclip playero en stop motion, pasando por un montaje de vértigo muy conseguido en el momento en que los cónyuges dan unas pertinentes explicaciones. Las segundas ayudan a relajar el ritmo en el momento en que la tensión es más fuerte o se debe hacer hincapié en algo importante. Especialmente atractivo es el plano que juega con un espejo roto, que ayuda a crear un clima muy propicio en la escena en que es utilizado.

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Por otro lado, uno de los mayores aciertos que encuentro en la película es que cada generación tiene su propio lenguaje y utilizan sus propias expresiones. No hay diálogos neutros con un vocabulario estándar propio de una situación creada expresamente para las cámaras, en ningún momento parece forzada o artificial ninguna conversación, ni siquiera cuando la comunicación se establece en ejes verticales en lugar de horizontales. De este modo, es más fácil identificar realmente el grado de madurez de cada personaje y las características propias de su personalidad en función de su verdadera edad, así como las experiencias por las que ya ha pasado o les quedan por pasar. Escribir de esa manera cuando ya se tiene una cierta perspectiva de la vida no es nada fácil, por lo que ese ejercicio de retrospección y/o empatía hacen aún más meritorio un guión ya de por sí muy bien rematado tan sólo con la trama.
Por, Edu Centeno (@eddyeCenteno) – Licenciado en Periodismo por la Universidad de Málaga para Tuteledigital.es
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